EL PERDÓN, LA SEÑAL DEL CRISTIANISMO

Cuanto daño nos hace a nosotros mismos el no perdonar.

 

EL RESENTIMIENTO.

Recuerdo una lección que nos dejó un maestro.

Nos pidió que lleváramos  patatas y una bolsa de plástico. Ya en clase, elegimos una patata por cada persona que guardábamos resentimiento, escribimos su nombre en ella y la pusimos dentro de la bolsa. Algunas bolsas eran realmente pesadas.

El ejercicio consistía en que, durante una semana, lleváramos con nosotros a todos lados esa bolsa con patatas. Naturalmente la condición de las patatas se iba deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear esa bolsa en todo momento, me mostró claramente el peso espiritual que cargaba a diario.  Y como ponía toda mi atención en ella, para no olvidarla en ningún lado, desatendía cosas que eran más importantes para mí.

Este ejercicio fue una gran lección. Y comprendí el precio que pagaba a diario por mantener el resentimiento por algo que ya había pasado y no podía cambiarse. Me di cuenta que cuando le daba mucha importancia a las promesas no cumplidas, me llenaba de resentimiento, aumentaba mi stress, no dormía bien y mi atención se dispersaba. Perdonar y dejarlas ir me llenó de paz y calma.

La falta de perdón es como un veneno, que tomamos a diario a gotas, pero que finalmente nos termina envenenando. Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo para el otro, sin darnos cuenta que los más beneficiados somos nosotros mismos.

El perdón nos libera de ataduras,  que nos amargan el alma y enferman el cuerpo. El perdón se basa en la aceptación de lo que pasó. No significa que estés de acuerdo con lo sucedido, ni que lo apruebes. No significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que te lastimó. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos, que nos causaron dolor o enojo.

Si guardamos odio, rencor, o resentimiento,  por ofensas que hemos recibido, estamos perpetuando nuestro malestar y consumiéndonos, dejando de disfrutar el momento.  Cada vez que recordamos cualquier episodio que nos causa dolor, dejamos de vivir el aquí y el ahora; dejamos de avanzar en nuestro desarrollo personal y peor aún, nos estancamos en nuestro crecimiento espiritual.

La falta de perdón puede disfrazarse con diferentes máscaras. Las personas a veces dicen con un tono de enojo, que ya han perdonado ofensas pasadas, pero su amargura evidente las delata. La falta de perdón se puede alojar en tu corazón, y estar allí, escondida. Las siguientes preguntas te ayudarán a examinar tu corazón para ver si necesitas perdonar a alguien:

¿Esperas secretamente que alguien reciba lo que se merece?
¿Todavía sigues hablando negativamente de esa persona a los demás?
¿Te complaces con fantasías de venganza, incluso leves?
¿Gastas tiempo pensando en lo que alguien te hizo?
¿Cómo te sientes cuando le sucede algo bueno a esa persona?
¿Has dejado de culpar a esa persona por la forma como afectó tu vida?
¿Te resulta difícil ser abierto y confiado con las personas?
¿Te enojas, te deprimes o te vuelves hostil con frecuencia?

¿Tan difícil es perdonar y olvidar algo que ya pasó y que ni tu rencor, ni tu odio, podrán borrar?
Siendo sinceros de corazón,  podemos ejercitarnos en algunos pasos para lograr liberarnos de la carga que significa el rencor y liberar también a la otra persona.

Considera las circunstancias que pudo haber vivido la persona que te ofendió, para llegar a ser como es, o qué situación estaría viviendo, para haber hecho lo que hizo, aun intencionalmente.
Deja atrás el papel de víctima y continúa con tu vida.
Recuerda las cosas positivas y buenas que te unieron a esa persona, los ratos agradables y bellos que pasaste con ella, los momentos de satisfacción, amor, apoyo, consejo y comprensión mutuos.

No obstante es muy importante que la persona que te ha ofendido muestre remordimiento y te pida perdón. Una vez esto suceda empieza por aplicar la bondad que hay en tu corazón.

Libera a la persona con tu perdón. Así vas a liberarte a ti mismo para vivir en el presente, en el aquí y el ahora, porque quién realmente se hace daño es quien odia.

Son muchos los versículos que hay en la Biblia donde se habla de perdón.

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